Lección 102: El sufrimiento no te da nada
Cuentas que algo te duele y la persona que tienes enfrente te abraza. O ves una mala noticia, muestras tu pena, y los demás te sienten más humano, más sensible. Sin darte cuenta, aprendiste que mostrarte sufriente trae algo a cambio. ¿Y si ese «algo» fuera justo lo que te mantiene sufriendo?
¿Qué significa «Comparto con Dios Su voluntad de que yo sea feliz»?
Te explico cómo lo veo. El curso te dice que tú no quieres sufrir. Alguien puede responder «yo sí quiero sufrir», pero lo que queda dentro es una idea muy fina: que el sufrimiento puede darte algo. La voluntad de Dios es la felicidad más pura y más plena, y por eso el ser realizado, el ser crístico, es un ser de felicidad infinita e incondicional. Compartir esa voluntad es empezar a descubrir eso en tu interior.
Y hay algo más: Dios solo te conoce ahora. No conoce tu pasado ni tus rodeos. Fíjate qué cambia con esa sola idea: si Dios solo te conoce ahora, el sufrimiento que sostienes con historias del pasado queda sin dónde apoyarse. Eso es lo que te invito a mirar hoy.
¿Por qué cuesta tanto soltar el sufrimiento?
Porque mostrarte sufriente funciona: alguien te abraza, alguien te acompaña. Te lo voy a decir una vez más, porque venimos hablando de esto: es una sensibilidad hipócrita. Es una palabra fuerte, lo sé. Tu verdadero ser, tu ser profundo, no ve el dolor, no ve el miedo y no ve el sufrimiento, porque es eterno. Cuando jugamos este juego todavía tan terrenal de mostrar empatía hacia el miedo y el dolor, nos volvemos espejos de ese miedo y ese dolor, y así los hacemos reales.
La lección va más lejos: el dolor no tiene objeto ni causa. Cada vez que te apenas, te inquietas o revives el pasado, te estás esclavizando a algo que no existe. Es un mundo que no es nada. Si quieres ver cómo se afloja ese lazo, te ayuda soltar el pasado sin tener que olvidarlo.
¿Cómo practicar la Lección 102 hoy?
- Mira el diseño. Observa cómo lección a lección te van llevando a un lugar cada vez más profundo. Es un diseño hecho por un ser humano: quiero que lo veas y que lo sientas, porque ahí se abre una confianza plena hacia el libro.
- Imagina la mente que lo diseñó. Una mente santa pensó el libro de texto, el libro de ejercicios para un año y el manual para el maestro de Dios.
- Reconoce a tu maestro interior. No es tu mente, sino la parte de tu mente conectada con Dios, que habla en todos y todo el tiempo.
- Nota cuándo abres la puerta. El dolor va a tocar la tuya, y vas a querer abrirle porque piensas que puede darte algo. Dile: «te abrí la puerta en otro momento; ahora estoy empezando a reconocer lo que es la voluntad de Dios».
- Vuelve a lo recóndito de tu mente. Allí suena un llamado que nunca dejó de sonar. Tu mente está en la mente de Dios, como vimos en otra lección.
No necesitas hacerlo perfecto. Se trata de reconocer, una vez, que la puerta existe y que eres tú quien decide si la abre o no, con la confianza que te da ver ese diseño tan preciso hacia el despertar.
Si hoy quieres un momento tranquilo para hacerlo, la rutina de la Lección 106 para aquietarte y escuchar la verdad es un buen compañero.
¿Qué cambia cuando la practicas, y si no sientes nada?
Lo que empieza a cambiar es que puedes poner fin a abrirle la puerta a cualquier clase de sufrimiento, dolor o miedo. Yo no tengo miedo a nadie, ponme delante a quien sea. Jesús dijo «perdónalos, pues no saben lo que hacen», y miedo no tenía, porque estaba vibrando en la perfecta felicidad. Quiero que ese ejemplo te sirva para reconocer ese Cristo en tu interior.
Si hoy no sientes nada especial, no pasa nada. Es probable que el dolor toque otra vez y que le abras otra vez; de eso se trata, de empezar a notarlo. Y si lo que atraviesas es un sufrimiento fuerte, buscar acompañamiento profesional no contradice la práctica: la sostiene. Si además te preguntas por qué la felicidad parece esquiva, puedes leer por qué no puedo ser feliz y dejar de esperar que otros me la den.
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