Soltar el pasado no es olvidarlo
¿Por qué cuesta tanto soltar el pasado? Porque toda la arquitectura del ego está basada en el tiempo. Fue en el pasado cuando aprendiste a definir tus necesidades y los métodos para satisfacerlas, y desde ahí sigues mirando lo que te pasa hoy.
¿Por qué me cuesta tanto soltar el pasado?
Porque toda la arquitectura del ego está basada en el tiempo. Un Curso de Milagros explica que el pasado es la gran escuela del ego: si quieres entender cómo funciona, mira todo lo que consideras tu pasado y tu forma de ver desde ahí. Fue en el pasado cuando aprendiste a definir tus necesidades y los métodos para satisfacerlas. Aprendiste, de la cultura, de las películas, de tus padres, que tenías que encontrar a tu media naranja. Y después vienen las estrategias, las condiciones, la batalla por el poder en la pareja: «¿por qué ahora me trata así, si antes no me trataba así?».
Ojo: no está mal lo que aprendiste. Aprender a manejar el cuerpo, a hablar tu idioma, a ser médico o maratonista, eso es maravilloso. El sufrimiento humano no está ahí. Está en pensar que alguien me hizo algo, que el otro me dijo algo, y seguir cargándolo.
Recordar es traer el pasado al presente
Cuando estamos en el ego, recordar es vivir el pasado como si estuviera pasando ahora. Es traerlo, arrastrarlo al presente. Y eso te desconecta. Sostener el pasado es un esfuerzo energético, emocional y mental; por eso agota tanto.
Te propongo un ejercicio que suelo dar en las sesiones: llama a tu madre. Fíjate cómo, en vez de escuchar a un ser humano hablando, estás trayendo el pasado: todo lo que te pasó, la carga, lo que te dijo, cómo reaccionaste la última vez. «Otra vez mi madre con lo mismo.» Pero no hay otra vez. La única vez es esta vez. La otra vez está solamente en tu mente.
¿Soltar el pasado es olvidar?
No. No se trata de olvidar: la mente recuerda, pero perdona. No tengo una varita mágica para que te olvides de todo. Una mente en plenitud no es una mente sin recuerdos: es una mente cuyos recuerdos son desde el amor, incluso los de una persona que en su momento actuó desde el ego. Alguien te insultó ayer; hoy la miras y no te está insultando. Y si cuando te insultó la perdonaste, nunca pasó nada.
En el pasado acontecieron muchas cosas. Pero, ¿qué hay hoy? Es como si nada hubiera acontecido nunca. Nada bueno ni malo ha acontecido nunca.
— Nisargadatta Maharaj, Balance Cero
Tampoco se trata de mejorar el ego, de ver el pasado más lindo ni de tener pensamientos positivos. Si tratas de esconder los pensamientos negativos, los sigues atrayendo. Esto es autoconocimiento: ver y soltar.
A veces me preguntan: ¿cómo suelto el pasado si está presente? El pasado nunca está presente. Para que esté presente, tienes que traerlo. Puedes estar frente a alguien a quien juzgaste durante veinte años y verlo, por un momento, sin pasado. Eso es un milagro, y seguramente es el momento más feliz de esa relación.
Cómo practicarlo: la respiración como ancla
«Bueno, Gabriel, pero mi mente se va todo el tiempo al pasado y al futuro.» Usa el cuerpo como recurso de aprendizaje. Cuando respiras, siempre es ahora. No puedes inhalar como ayer a las cuatro de la tarde: inhalas ahora. Por eso tantas sabidurías ancestrales usaron la respiración como ancla. Obsérvala; la mente se va a ir, y cuando te des cuenta, vuelves. Es un juego de niños, y a la vez es un entrenamiento.
Y hazte esta pregunta: ¿qué recuerdo del pasado es el que más me duele hoy? ¿Qué es lo que más pesa en mi presente? Si puedes soltar eso, vas a soltar también las necesidades que te generó, los métodos que armaste para satisfacerlas y el condicionamiento que hoy te limita.
Cuando la misma situación se repite: elige de nuevo
Las pruebas que vives no son castigos. Son lecciones que todavía no aprendiste y que vuelven a presentarse para que, donde antes hiciste una elección equivocada, ahora puedas hacer una mejor. Por eso este es el mundo de la repetición: repetimos lo que nos dijeron nuestros padres, el vecino, un amigo. Todo el aprendizaje consiste en pasar de la repetición a la creación, del dolor al amor.
Nadie elige el ego conscientemente; lo elegimos porque fue lo que aprendimos. Al principio cuesta: la primera vez, la segunda, la décima todavía no terminas de diferenciar. Pero después de elegir el amor treinta y cinco veces, la número treinta y seis ya es fácil. Y en toda dificultad, el curso te recuerda una sola cosa: «Hermano mío, elige de nuevo».


