Sanar a tus padres ocurre en tu mente
Llamas a tu madre para preguntarle cómo está y a los cuatro minutos ya tienes el estómago apretado y contestas como cuando tenías doce años. Cuelgas y piensas: «otra vez». O tu padre ya no está, y lo que sigues discutiendo con él es una conversación que nunca llegaron a tener. En los dos casos pasa lo mismo: sigues reaccionando ante una figura.
¿Por qué repito con mis padres lo que juré no repetir?
Porque la vida funciona con patrones y no existe nadie que no repita alguno. Mientras no sanas la relación con tus padres, sigues actuando de manera inercial: te comportas como aprendiste, sin darte cuenta, y te parece normal ser infeliz, culpar a otro o proyectar en él lo que no sabes resolver.
Un patrón que duele se puede cambiar, pero no se borra: no existe desprogramarte por completo, lo que existe es programarte de nuevo. Y la programación nueva consiste en conocerte e indagar en cada momento en que estés despierto, mirando cómo reaccionas en lugar de reaccionar.
Casi todo dolor de la infancia tiene que ver con alguna clase de rechazo: te decían que no, no te buscaban, te marcaban, y creías que era lo habitual. Tus padres lo hicieron por ignorancia, proyectando sus ideas y sus miedos. Si tú eres padre o madre, seguramente hiciste lo mismo con tus hijos, y tampoco hace falta que te culpes por eso. Si quieres ver cómo se trabaja lo que quedó de aquellos años, lo cuento en cómo sanar las heridas de la infancia.
¿Qué hay que sanar: a mis padres o la imagen que tengo de ellos?
La imagen. Lo que se resuelve no es tu madre como ser, sino la imagen suya que quedó grabada en una parte de tu mente que no siempre entendemos. Lo ves con los hermanos: tú ves a tu madre de una forma y tu hermano la ve de otra, totalmente distinta. Cada uno mira la suya.
«Resolver» viene del latín «solver», que es soltar. Piensa en una olla que lavaste y que todavía tiene una costra pegada: hay que lavarla otra vez. Lo que se suelta es lo que quedó pegado, y por eso conviene que recuerdes lo que ocurrió entre los cero y los seis años, cuando eras muy vulnerable y tu madre era tu refugio.
Hay otra cosa que suena rara al principio: tus padres son espejos. Lo que te molesta de ellos lo llevas dentro. Pregúntate dónde lo aprendiste; casi siempre lo viste de niño y a ellos también les molestó en otra persona. Es el mismo tema de por qué veo en los demás lo que no acepto de mí.
¿Tienen que cambiar ellos, o estar vivos, para que yo sane?
No. Lo que te pesa es un recuerdo, y el recuerdo está en tu mente ahora. El año en que ocurrió ya no está en ningún lugar; hoy solo hay este instante. Tus padres pueden hacer lo que quieran: yo me honro a mí y honro a la otra persona, también en lo que decida hacer, aunque no sea lo que yo querría. Tu trabajo es con la idea de cómo deberían haber sido, y con la historia que te cuentas a partir de ella cada vez que suena el teléfono.
Con una madre o un padre fallecidos pasa igual, porque la relación que duele está dentro de ti. Si además estás de duelo, quizás te sirva lo que cuento sobre qué hacer con el dolor cuando alguien que amas muere.
Si prefieres escucharlo entero, está la charla Aprende a sanar a tus padres en Guía TV. Ahí explico por qué repetimos patrones, qué es el dolor de la infancia y cómo cambiar el patrón que te hace sufrir en lugar de intentar borrarlo todo.
¿Sanar es obedecerles o es pelearme con ellos?
Ninguna de las dos. De niño aprendes por imitación, que es la mejor manera de aprender. En la adolescencia rechazas todo lo aprendido, y también hace falta. La tercera etapa es integrar. Hay personas que nunca salieron de la primera y siguen copiando a sus padres; a eso lo llaman respeto, pero es respeto al otro y no a uno mismo. Y hay quienes se quedaron en la segunda y siguen peleando, que es repetir lo que vieron en ellos, solo que al revés.
Sanar tampoco es quedarte donde te hacen daño. Si en tu familia hay o hubo violencia, primero te cuidas y te alejas; perdonar no es volver. Y si el sufrimiento es muy fuerte, busca ayuda profesional además de este camino interior. Todo lo anterior se hace en tu mente y no te obliga a ver a nadie.
En el curso gratuito Cinco razones que bloquean nuestra vida te llevas una forma de mirar qué te está frenando y de empezar a soltarlo sin culpar a nadie.

