¿Cómo sanar las heridas de la infancia?
Un bebé no tiene ego. No desarrolló el lenguaje ni una idea de lo que debe ser su vida. Ese «yo» con el que te identificas lo fuiste fabricando a medida que crecías: cada vez que reaccionaste generaste una imagen, y con todas esas imágenes se armó lo que llamamos ego. Ahí nacen las heridas de la infancia.
¿Dónde nacen las heridas de la infancia?
Un bebé no tiene ego. No desarrolló el lenguaje, no tiene todavía una imaginación de lo que debe o no debe ser su vida en el mundo. Ese «yo» con el que te identificas lo fuiste fabricando a medida que crecías. Cada vez que reaccionaste fuiste generando una imagen, y con todas esas imágenes se fue componiendo lo que en espiritualidad llamamos el ego.
Un Curso de Milagros lo describe como un concepto de uno mismo que el mundo te enseña a forjar para que, al llegar a la madurez, puedas enfrentarte a él «en igualdad de condiciones». Es una máscara de defensa, porque aprendimos que afuera hay un mundo salvaje que exige ciertas habilidades para sobrevivir. Y la emoción primordial de ese ego es el miedo.
Yo tenía once o doce años cuando sentí un conflicto enorme adentro, como el doctor Jekyll y míster Hyde. Había una cara que mostraba, la del buen alumno, bien presentado, el «sí, por favor, gracias», y había otros pensamientos que no podía mostrar y que me generaban culpa. Mostramos la inocencia y reprimimos todo lo otro, y si eso no se trabaja, en algún momento explota. Pero así como se aprende, se desaprende. Así como se vive algo, se desvive y se libera.
¿Hace falta recordar la infancia para sanarla?
La palabra «resolver» viene del latín: ir hacia atrás y soltar. Es como la comida que quedó pegada en el fondo de una olla que ya lavaste y que te toca lavar de nuevo. Y lo que resuelves no es a tu madre ni a tu padre, sino la imagen que tú tienes de ellos, la que quedó grabada en tu mente.
Pero para soltar no tienes que ir a buscar el pasado. Una maestra, Susan Powell, define la abundancia como tener lo que requieres ahora para lo que tienes que hacer ahora, y eso vale también en lo espiritual: tienes ahora todo lo que necesitas para la sanación que te toca ahora. Tu mente te va a traer las cosas cuando estés listo para liberarlas. Sentarte a intentar recordar solo te produce frustración. En todo caso, silencia la mente y fíjate si llega algo. Si viene, viene; y si no viene, no viene.
Hay algo más: saber lo que pasó en el pasado no libera el ego. A veces, al contrario, lo fortalece, porque le da más valor al pasado. Parece contradictorio, pero lo que tienes que sanar es tu experiencia presente.
¿Cómo se ven hoy las heridas de la infancia?
Esas marcas no se quedaron atrás. Se ven en la pareja: buscamos en el otro aquel refugio, esa calidez, y ese refugio genera apego. Es muy fácil dejar de ser uno mismo por miedo a perderlo. No es que estemos buscando a nuestra madre, no hay que ser tan simplista, pero vas a encontrar en tus parejas cosas que vienen de ahí.
Se ven en cómo repetimos. El pasado se convierte en una zona de confort, la del «más vale malo conocido que bueno por conocer», y volvemos al mismo circuito emocional. Y si tienes hijos, se ve en lo que llamo el hijo espejo: sin darte cuenta, proyectas en él tu trauma, tus deseos no satisfechos, tus frustraciones.
Además, el ego siempre te va a traer lo que más te duele. Pasaste un fin de semana espectacular con alguien, pero en un momento te dijo algo que no te gustó. Adivina en qué te vas a quedar pensando la semana y media siguiente.
¿Qué hago cuando se dispara una herida vieja?
Puedes estar en el momento más glorioso de tu vida y de pronto se despierta una inseguridad. Tu mente está programada para sufrir, y la vas a desprogramar. Cuando aparece un miedo que ya reconoces porque lo viviste quince veces, se libera en el momento en que aparece, ni antes ni después. Por eso la práctica es simple:
Estate alerta. Si te parece que esto nunca te pasó, es porque no estás atento. Date cuenta de que se activó una memoria.
Dítelo. «Esto no es parte de mi presente. No estoy sufriendo por algo del presente.»
Silencia la mente. Es la forma más rápida de perdonar, porque el problema está en tu pensamiento.
De manera que la inatención genera imágenes y la atención libera la mente de la imagen. (…) si cuando siento ira estoy completamente atento, entonces no existe la inatención que permite que el pasado surja e interfiera con la percepción real de la ira en ese momento.
— Jiddu Krishnamurti, Más allá de la violencia
Una práctica para silenciar la mente
Siéntate, cierra los ojos y quédate un rato. Primero observa los pensamientos. Después empieza a observar el espacio que hay entre un pensamiento y otro. Ese espacio se va agrandando, como un claro en el bosque, hasta que en algún momento se invierte: tu mente está en silencio y de pronto aparece un pensamiento, lo observas y se va. Y fíjate que con esta práctica no estás negando ni reprimiendo nada: estás observando.
¿Cómo sé que una herida de la infancia sanó?
Perdonar significa que lo libero y no me duele más. Si te sigue doliendo, no perdonaste: jugaste a perdonar con palabras. Y tampoco sirve jugar a que ya estás liberado cuando todavía no. Si sientes algo que tienes que liberar, es importante liberarlo.
Detrás de cada herida hay una gran fortaleza. A veces necesitas atravesar un dolor profundo para ver el amor que no estabas viendo, y cuando eso se libera aparece una humildad natural, un amor y una compasión por todos los seres que antes no veías. El día que un recuerdo vuelve y ya no duele, te das cuenta de que algo se soltó.


