Mejorar la relación con tu hijo empieza en ti
Le preguntas cómo le fue y contesta «bien». Le dices que se abrigue y te mira como si hablaras otro idioma. Cierra la puerta de su cuarto y tú te quedas en el pasillo, repasando qué hiciste mal. O ya es adulto, y las llamadas pasan semanas sin respuesta.
Te digo una cosa antes de seguir: yo no tengo hijos. No te hablo desde ahí, sino desde cómo funciona la mente, que es la misma en cualquier familia, y desde lo que me cuentan los padres y las madres que hacen este trabajo.
¿Por qué mi hijo adolescente me rechaza?
Aprendemos en tres etapas. De niños, por imitación, y es la mejor manera de aprender. En la adolescencia viene la etapa de rechazo de todo lo aprendido, y hace falta que exista. La tercera es integrar. Tu hijo está en la segunda.
Hay algo más. A los trece o catorce años ya tienen todas sus funciones mentales, y se dan cuenta cuando lo que les dices es mentira o viene de tu miedo. Entonces se rebelan contra la ignorancia, contra tu falta de cordura, contra tu ego, contra tu intento de manipularlos y contra tus temores. No es un ataque personal, aunque se sienta así. Rebelarse forma parte del camino; lo que sí puedes hacer es que lo que encuentre enfrente tenga cada vez menos de eso.
¿Qué es lo que mi hijo me muestra?
Un espejo, y muy fuerte. Si rechazo algo en mi hijo, estoy rechazando algo dentro de mí, y eso que rechazo lo voy a ver en otros lugares. La mente no discrimina: si en el trabajo llevas mal a alguien, ese rechazo termina proyectado en casa. Y si aprendes a amar a tu hijo sin condiciones, puedes amar a cualquiera, porque la mente es la misma. Es lo que desarrollo en por qué veo en los demás lo que no acepto de mí.
También conviene mirar tu idea de lo que es mejor para ellos. Dices «tienes que estudiar esto» o «no hagas aquello» con total seguridad, y en el fondo no sabes lo que les conviene. Tampoco existe un manual para el padre: el manual es estudiar y liberar tu propia mente. Si proyectaste tu ego sobre ellos, lo vas a tener que perdonar. Y no te culpes: le pasa a todos.
Si te enojas cuando tu hijo no entiende algo (el enojo se suelta, pero primero se mira), mira lo que se arma. Tú te impacientas, él se bloquea, tú te impacientas más porque se bloquea, y así sin salida. En ¡No dejes pasar este tren!, la charla completa en Guía TV, una madre cuenta que se enoja con su hija cuando no entiende lo que le explicó de la escuela, y lo trabajamos en vivo, con esa impaciencia como punto de partida.
¿Cómo enseñarle algo sin transmitirle miedo?
Una persona me preguntó cómo enseñar a un niño que la cocina quema sin condicionarlo. Primero, no hay nada malo en explicarle: «cuidado, está caliente». Lo que importa es desde dónde lo dices. Si yo tengo miedo de que se queme y lo digo con ansiedad o con histeria, transmito miedo, aunque me ponga la mejor máscara de calma. Lo que ellos reciben es energético.
Por eso la tarea no es controlar qué le dices sino mirar tu estado interno. Tampoco te pido que seas perfecto: alguna condición siempre se genera, y una cosa es la que viene del ego y otra la de una mente que se abre. No te preocupes tanto por enseñar sin condicionar, y empieza por observar qué ves en él y qué cosas empiezas a juzgar.
Si el que se fue es un hijo adulto, y me preguntas cómo hacer que vuelva, te contesto lo que le dije a una madre. Mientras lo pidas desde el control, se alejan, porque la lección no está aprendida. No pidas que vuelvan: pide luz y claridad para tu mente. Compasión es entender que el otro tiene su camino y aceptarlo. Varios alumnos me cuentan que desde que hacen este trabajo sus hijos se acercan más; yo no lo prometo, solo lo cuento.
¿Y si el sufrimiento en casa es muy fuerte?
Lo que he escrito aquí es un camino de la mente y no reemplaza nada. Si hay violencia, si tu hijo corre algún riesgo, o si tú o él sufren de una manera que no se aguanta, busca ayuda profesional además de este camino. Sanar tú primero no significa aguantar lo que no se puede aguantar.
En el curso gratuito Cinco razones que bloquean nuestra vida te llevas un modo de reconocer lo que te frena y empiezas a soltarlo, para que tu hijo encuentre en ti a alguien más sereno.

