Lección 29: Dios está en todo lo que ves
Es una lección de la primera parte del libro de ejercicios, y su mensaje es de una simpleza enorme: Dios está en todo lo que veo. Fíjate lo llanas que son las palabras. Hay lecciones mucho más profundas, pero esta ya abre una puerta: no es el Dios lejano de las religiones, es la vida misma, y lo que ves afuera es un espejo de tu mente.
¿Qué dice la lección 29 de Un Curso de Milagros?
Es una lección de la primera parte del libro de ejercicios, y su mensaje es de una simpleza enorme: Dios está en todo lo que veo. Quiero que observes todo lo que ves, porque siempre ahí está Dios. Fíjate la simpleza de las palabras, lo llanas que son. Después el libro tiene lecciones mucho más profundas, que hay que estudiar y trabajar, pero esta ya abre una puerta.
Lo primero que tienes que entender es la ignorancia en la que vivimos. Hay tantas cosas que no sabemos, que no vemos, que no comprendemos. Pero hay un momento en que se prende una curiosidad, se prende una lamparita, empiezas a estudiar y empiezas a vivir los milagros como nunca los viviste.
¿De qué Dios habla esta lección?
No es el Dios de las religiones y de las tradiciones, un Dios de hace miles de años, cuando la humanidad estaba mucho más perdida que hoy. Yo me acuerdo de cuando iba al templo judío: cantaba las canciones en hebreo y me encantaba cantarlas, pero cuando leía la traducción me preguntaba por qué estaba cantando eso. No tenía ningún sentido para mí. Hubo un momento en que llegó este libro a mi vida, empecé a hurgar en qué significaba esa palabra y toda mi vida empezó a cobrar sentido.
Una de las primeras veces que empecé a preguntar en mi mente y a recibir respuestas, pregunté quién hablaba. Y el bolígrafo con el que estaba escribiendo puso la palabra «Dios». No lo podía entender: ¿cómo puede ser que Dios hable en mi mente, si es algo lejano? Esa conexión ya estaba sucediendo; simplemente no la veía.
Si Dios está en todo, ¿por qué veo problemas?
El libro te lo explica: los problemas no existen, te los estás creando tú. Así de simple. Los conflictos que viviste a lo largo de tu vida fueron invenciones de tu mente. La vida es perfecta tal y como es; son solo nuestros ojos los que distorsionan la perfección y empiezan a ver algo donde no lo hay. Por eso Jesús dijo que Dios es amor: porque tenía esa visión, veía a Dios en todo lo que veía y sabía quién era.
Todavía proyectas tu miedo, está bien. Pero debajo de cada cosa y de cada situación, el trabajo es poder ver la mano de Dios, ver ese sendero y ver tu verdadero ser, que quizás todavía está apagado en tu conciencia pero no en lo profundo de tu mente. Eso fue lo que te fue llevando a relaciones y situaciones que te pusieron a prueba, hasta el punto de decir: basta, quiero entender cómo funciona la vida.
¿Qué pasa cuando empiezas a verlo?
Hay un punto en que esto simplemente es reconocido y todo el mundo desaparece. No es que desaparezca tu cuerpo, un amigo o tus personas queridas: lo que desaparece es la ilusión sobre eso. Y empiezas a ver la perfección. Ves a Dios incluso cuando parece que no está, y sabes que está ahí.
Aquel que me ve en todas partes y contempla todo en Mí, nunca me pierde de vista, y Yo jamás le pierdo de vista a él.
— Krishna, Bhagavad Gita
A mí me tocó muchas veces ver personas sufriendo, llorando, incluso culpándome, y saber que detrás estaba el milagro, y después vivirlo. No entiendes por qué estás viviendo lo que estás viviendo, pero sabes que Dios está ahí. Y empiezas a ver los milagros en lo cotidiano: estás viendo una película y justo recibes un mensaje, te llega justo el libro que necesitabas. Nada es «justo» por casualidad: todo es la mente de Dios, donde todo está conectado.
Ahí también sales de las preguntas infantiles —por qué me sucede lo que me sucede, por qué me dijeron eso, por qué me siento así— porque empiezas a encontrar respuestas. Esa es la madurez, no solo emocional sino espiritual.
¿Cómo practicar la lección 29 en el día a día?
Llévala como un mantra. Que la frase retumbe en tu mente en cada instante. Puedes ponerle una melodía y cantarla cuando te bañas o cuando caminas.
Míralo en cada hermano. Cuando mires a otro, recuerda que Dios está en todo lo que ves, y que puedas verlo en cada persona que te rodea.
Míralo cuando estés solo. Así puedes liberar por completo esa infantilidad del miedo a la soledad.
Suelta la idea de que entiendes. Tú no entiendes nada, pero hay una parte de tu mente que está conectada a Dios y que lo sabe todo.
No hace falta que adornes esto con palabras ni con imágenes. Si aparece una palabra o una imagen, bienvenida; solo tienes que estar abierto. Reconocer esto no son palabras: cuando una persona se quiebra en un llanto liberador delante de ti y ves el milagro, eso no se puede expresar. Y no te quedes solo en verlo afuera: Dios no solo está en todo lo que ves, Dios está en tu interior.


