¿Por qué me cuesta decir lo que siento?
¿Por qué me cuesta decir lo que siento?
Porque aprendiste, desde muy pequeño, a negar lo que sentías antes de poder decirlo; y lo que se niega no desaparece: queda guardado.
Quizá de niño llorabas en un lugar público y te decían «pórtate bien». Esa emoción quería expresar algo, y a veces con palabras no podías. Se bloqueaba porque «estaba mal». En el aula, «siéntate y calla». Con los años aprendimos a pretender y a fingir, y venimos reprimiendo desde chicos.
Hoy aparece el mismo freno: sientes algo con alguien y piensas «mejor me callo». La emoción queda latente. A veces te pones triste y no sabes por qué, porque no es la primera emoción: es la quinta de un circuito que empezó mucho antes.
Todo tiene que ser expresado. Lo que no puedas expresar te queda dentro y no sabes realmente qué es.
La duda de «no sé si hablar o no hablar» es el ego. Y la experiencia viene de la expresión: si no te animas a expresar algo, no vives lo que es expresarlo. Se aprende diciéndolo, aunque salga torpe, no esperando a tenerlo perfecto.
Cómo trabajarlo
1. Date cuenta cuando te callas
Nota el instante en que piensas «mejor me callo». Nombra qué emoción hay detrás: miedo, enojo, tristeza. Ponerle nombre es empezar a escucharla.
2. No la niegues: pregunta qué quiere decir
En lugar de empujarla, pregúntale qué está queriendo expresar. Una emoción negada queda latente y vuelve disfrazada, a veces como una tristeza que no sabes de dónde viene.
3. Haz lo que te juzgas a hacer
Esta semana, haz aquello que te juzgas a hacer: decir lo que piensas, pedir lo que necesitas. En ese hacer aprendes; si no lo haces, sigue reprimido.
4. Sácalo afuera aunque salga torpe
Es mejor sacar afuera la ignorancia para ver los efectos que tiene, y ahí pedir la liberación, que esconderla. Una cosa es lo que temías que pasara; otra, lo que pasa de verdad.
5. Mira el resultado
Después de decirlo, observa qué ocurrió realmente, comparado con lo que imaginabas. Esa es la experiencia que solo llega por la expresión.

