El feliz descubrimiento: no tienes que hacer nada
Llevas años esforzándote por llegar a algún lado. ¿Y si la meta nunca pidió esfuerzo?
El feliz descubrimiento
Un Curso de Milagros dice que cuando finalmente alguien alcanza la meta, ese momento viene acompañado de un feliz descubrimiento: no tengo que hacer nada. Todo maestro que ha llegado —no al final del camino, sino al camino mismo, porque el camino no tiene final— se da cuenta de que no hay que hacer nada.
Te voy a hablar de una persona que durante unos años empezó a compartir el mensaje, aprovechó la tecnología de las redes para hacer videos en vivo, acompañaba a personas que no conocía y que estaban lejos, hacía algunos talleres para unas pocas personas… y de pronto la invitan a un evento donde había mil personas. ¿Cómo puede alguien sostener esa energía? ¿Quién es capaz, después de un taller en vivo para diez, de hacer uno para mil? No tengo que hacer nada.
Cuando tú te sacas esa mochila, nada te pesa. Cuando entregas lo que hay dentro, nada te pesa. Cuando sueltas lo que estabas aferrando, nada te pesa.
Un mensaje insoportable para el ego
Es un mensaje demasiado simple. «Gabriel, dame algo un poco más complicado: necesitamos ciencia, el bosón de Higgs, las micropartículas, las leyes cuánticas.» No: no tengo que hacer nada. Para el ego este mensaje es insoportable. «¿Cómo que no? Algo tengo que hacer: soy pecador, soy culpable, tengo que sanar esto, tengo que sanar lo otro.»
En todas las culturas y tradiciones hay que hacer algo. Por eso este libro lo empezaron a enseñar tantos maestros: porque esto es verdad, no tienes que hacer nada. Y la mente nunca va a entender esto, porque no es una información para la mente. El ser no hace. ¿Qué estás haciendo ahora para estar vivo? No estás haciendo nada.
¿Qué estás esperando?
En ese encuentro, en Palmira, se lo dije así a la sala: «Veo en sus rostros que están esperando algo, pero yo no les tengo nada para darles. Hoy no hay una cajita feliz. ¿Qué es lo que están esperando? ¿Qué es lo que estás esperando? ¿Y qué ocurre si dejas de esperar que yo te dé eso que estás esperando?»
Te lo pregunto a ti también. Si no esperas nada, ¿qué ocurre? No ocurre nada, u ocurre todo.
A esta experiencia le podemos llamar entrega, rendición, liberación; en el libro también se le llama expiación, salvación. No tengo que hacer nada. Y ahí tienes una energía que es increíble, inagotable.
La meta no está lejos
Leemos la palabra meta y es como si la meta siempre estuviera lejos. Pero esta meta está disponible ahora. ¿Cuán lejos está? Tan lejos como tú creas que está. Si crees que te falta un montón, adivina cuánto te va a faltar. Nuestra mente diseña la experiencia, la genera y la experimenta.
El ego funciona siempre por posposición, siempre está posponiendo. Si dices «me quedan algunos pasos», vas a seguir encontrando camino para caminar. Y si me dices «hace días que vengo practicando», te pregunto: ¿cuántos días tiene tu día? ¿Cuánto tiempo más vas a fragmentar el tiempo, si todo es ahora? Un Curso de Milagros vino a sacar de nuestra mente esa mentira de un camino largo, lento, pesado y tortuoso.
El que no tiene que hacer nada no tiene necesidad de tiempo.
— Un Curso de Milagros
¿Entonces no hay práctica?
Tener un cuaderno o hacer ejercicios no es la práctica. La única práctica es que seas consciente de manera permanente de Dios en tu interior. Y no se trata de creértelo: has creído tantas cosas. No es una nueva creencia. Te hago la pregunta para que te la respondas tú: ¿qué te falta?
El trabajo de observar el ego, de reconocerlo y perdonarlo, hay que hacerlo cada vez que aparezca: desarmar, desarmar y desarmar. Hay que verlo, porque si no lo puedes ver no lo puedes soltar. Pero si lo desarmas, ya no está. ¿Y ahora qué hago? Nada. Ahora solamente es ser un humano en un cuerpo que emana luz en este mundo, naturalmente.
Vivir sin ego es natural
Si aparece el ego, hay que serenar la mente. Pero si el ego no está, ¿qué más quieres hacer? Solamente vive la experiencia de un ser humano que camina la tierra y no tiene ego. «Pero pensé que eso no se podía.» Sí se puede, y es todo muy natural, muy espontáneo. Puede haber veinte personas, cincuenta o mil: si el mensaje tiene que salir a través de ti, sale natural. Porque no es una cuestión de números: si puedes ver a una persona tal y como es, a los ojos, es suficiente.


