El silencio entre dos pensamientos: así se escucha a Dios
Una voz que no era la de la locura
Hace muchos años viajaba en el subterráneo de Buenos Aires. En esa época no íbamos todos mirando el celular, así que yo iba meditando. Y en ese estado de meditación y de observación interna me empecé a dar cuenta de que había una voz que hablaba en mi mente. Pero no era la voz de la locura: era una voz que me estaba explicando cosas. Yo no estaba leyendo el libro de un maestro ni viendo un video; lo estaba recibiendo de manera directa.
Primero fue mucha sorpresa. Después eso abrió todo un camino de seguir indagando y profundizando. Y quiero aclarar algo: no es que yo sea especial. Todos tienen un maestro en su interior. Cada uno de ustedes tiene una voz que lo guía. La pregunta es cómo escucharla.
Del pájaro carpintero al silencio
Todos conocemos ese pájaro carpintero que tenemos acá adentro y que te está taladrando con pensamientos a las dos de la mañana. Mientras ese ruido lo ocupa todo, no queda lugar para otra cosa.
Una madrugada, cuando todavía me dedicaba a la música y al tango, estaba leyendo un libro sobre el zen y de pronto mi mente quedó en blanco. No había nada. Ahí empecé a entender que había una forma de experimentarme como ser humano sin el loco que habla en la cabeza. Y desde entonces, sobre todo en momentos de ansiedad, de estrés, de angustia o de miedo, busqué volver a conectar con ese silencio. Porque el silencio es la puerta para escuchar a Dios: en el ruido no se lo puede escuchar.
Cuando realmente observamos y escuchamos sólo podemos hacerlo desde el silencio.
— Jiddu Krishnamurti, Más allá de la violencia
Primer paso: observa tu pensamiento
Esto es un ejercicio para ahora, no para mañana ni para la tarde. Lo primero que tienes que hacer es observar tu pensamiento. Si tu mente está en silencio, es que no hay pensamientos. Si hay pensamientos, obsérvalos. Pueden decir «quiero comerme una arepa de choclo», «¿a qué hora termina este hombre de hablar?» o «no entiendo lo que está diciendo». Son variantes de pensamiento. Si te ayuda, cierra los ojos y observa: ¿qué estoy pensando?
El espacio entre dos pensamientos
Lo que vas a descubrir, y puede ser increíblemente revelador para quien nunca lo hizo, es que entre un pensamiento y otro no hay un pensamiento: hay un espacio vacío en la mente. En un ser humano ese espacio es muy corto. Pero cuando empiezas a observarlo y a atenderlo, va creciendo.
Es un espacio de silencio donde no estás pensando, y ahí se da vuelta la frase de Descartes: no es «pienso, luego existo», es «existo, y luego pienso». Si aparece un pensamiento, lo dejas pasar y sigues observando. No te vas al futuro, no te vas al pasado, no te pones a opinar sobre lo que estás escuchando. Estás descubriendo lo que los maestros vienen enseñando hace miles de años. Y si te cuesta, no te preocupes: esto es una práctica.
Tu mente es un recipiente
Ese vacío mental es un recipiente. Como no lo estás llenando con pensamientos, tiene la posibilidad de recibir algo que nunca escuchaste. No es un mensaje nuevo: es nuevo en tu experiencia humana.
En ese recipiente puedes depositar una pregunta, quizá una que te haces hace mucho. La preguntas adentro y esperas, en silencio, a escuchar. Relajado, tranquilo, sin apuro, sin esperar nada. Y si tu mente sigue vacía, puedes escuchar una respuesta.
No tiene que ser un mensaje en latín ni en griego. Es algo simple para ti, con palabras que conoces. Quizá hoy te dice: «Ten paciencia. Suelta eso que te duele. No juzgues al otro». Cuando esta ejercitación de silenciar la mente se vuelve clara, te das cuenta de que además del pájaro carpintero que piensa dentro de ti, hay un maestro que también piensa dentro de ti.
Cómo saber si el mensaje viene de Dios
Hay un termómetro que no falla:
La paz. Si el mensaje te produce un estado de paz, es por ahí.
La dirección. Si te lleva hacia afuera, a ganar más dinero o a ser más prestigioso, no es por ahí. Hagas lo que hagas, si no estás en paz, tu experiencia va a ser miserable.
Sentir antes que interpretar. Cuando haces espacio, llega la respuesta, y después aparece la mente a interpretarla. Ahí caíste en la trampa. Lo importante es recibir el mensaje y sentirlo.
Por eso sentarte, cerrar los ojos, recibir un mensaje, leerlo y sentirlo en tu interior es fundamental. Y si te quedas dudando, no vayas por ahí: silencia tu mente de nuevo y pregunta si ese mensaje proviene de Dios, de la fuente, del amor.
A muchos alumnos les pasa: escriben la primera respuesta que les llega, la leen y dicen «pero esto lo escribí yo». Sí, lo escribiste tú. Estaba dentro de ti.


