Qué es la fe: entender quién te guía
«Ten fe», te dijeron, y te lo dijeron justo el día que más dudabas. Por dentro te preguntaste: ¿fe en qué, en quién? Quizá de niño te enseñaron que tener fe era creer lo que decía alguien con autoridad, y de ahí te quedó una sospecha que todavía no se va.
¿Qué es la fe y qué no te enseñaron?
Para muchos, la fe ha sido creer en algo que no veo porque alguien con autoridad dice que existe. Ahí le entrego mi poder a otro, y mi mente empieza a funcionar según lo que el otro programó. En ese sentido, la fe es una forma de manipulación. Y quien te la enseñó puede no ser una mala persona: comparte sus creencias, las cree por completo y a veces sufre por ellas.
Si por eso preferiste no tener fe, tiene sentido. El Curso va dándole otro sentido a palabras que cargamos con otro peso, como el perdón. Para mí, la fe es comprensión, no ignorancia. Imagina un río seco y que empieza a llover en la alta montaña: sabes que el agua va a bajar por ese cauce y que mañana podrás beber. Eso es fe.
La fe es entender quién te guía. Si quien te guía es Dios, la fe es natural, y no hablo de fe en una persona, ni en mí, ni en un libro, sino en que la sabiduría infinita de Dios está en tu mente y te guía a cada paso. Si la palabra Dios te trae a un señor enojado, empieza por Dios no es un señor enojado: es la luz de todo.
¿La fe es lo mismo que la confianza y la certeza?
En el Curso, la confianza es la primera característica del maestro de Dios, la puerta de las otras nueve. La fe viene mucho después: es la anteúltima. Y la certeza, que parece tan potente, junto a la fe es minúscula; la fe es un nivel más avanzado.
La confianza se ve con una balsa. Vas bajando por un río y en un punto no ves qué hay más adelante; puedes pensar que ahí se termina todo. Si alguien sube a un árbol, ve que la pendiente sigue. Si sube a un helicóptero, ve que el río desemboca en un mar en calma. Mientras más altura tiene tu visión, más clara es la confianza. La visión última, la de Dios, ve incluso lo que llamamos muerte, vida o relaciones dentro de un diseño, y ahí no hay miedo a nada.
La confianza más grande es saber que no estás a cargo de nada. Si lo sabes, no te da miedo nada ni nadie.
¿Dónde estás poniendo tu fe?
En una de mis clases lo dije así: la fe le da poder a una creencia. Puedes creer lo que quieras, y la fe es lo que le infunde fuerza. Donde la pones determina lo que recibes, porque lo que valoras se te devuelve. Si la pones en el ego, vives sus sustituciones.
Escucha tus «peros». «No quiero creer más en ídolos, pero mi pareja…». «Pero mis padres no me lo hacen fácil». «Pero el mundo es difícil». Cada uno es un ídolo, una sustitución de lo que es por mi idea de cómo debería ser. En Dios no hay peros; el pero es un condicionamiento de tu mente.
Y hay algo que se pasa por alto: la situación que vives y el problema que ves ocurren en el mismo lugar, que es tu mente. Cuando los separas, hay falta de fe en tu propio poder. No te lo digo para que te culpes por lo que aún no cambió. Mirar dónde pones la fe es una invitación a verlo.
¿Cómo se aplica la fe en el día a día?
Fe, aquí, es creer que cada situación que vives sirve a tu mayor aprendizaje y que toda relación tiene un propósito: mostrarte lo que no eres para que despiertes. Esa fe no promete que saldrá lo que tú quieres. Si en tu vida se te repiten situaciones parecidas, mira qué todavía no aprendiste.
Primero entregas tú. No esperes que el otro se entregue antes, porque así no funciona: tú creas tu realidad. Y no hace falta entender. El Curso dice que al principio el milagro se acepta mediante la fe, porque pedirlo es estar listo para concebir lo que todavía no ves ni entiendes. Puedes decir: «no entiendo nada, pero está cambiando todo».
Esa guía se escucha, y en El silencio entre dos pensamientos: así se escucha a Dios y en Hablar con Dios: no le pidas cosas, pídele luz está cómo empezar.
Una pregunta para llevarte hoy: ¿estoy dispuesto a ver perfección en esta relación? Si la respuesta es sí, empiezas a experimentar otra cosa.
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