La noche oscura del alma no es un castigo
Si me pongo de cara al sol, detrás mío se forma una sombra; si miro al sol no la veo, y cuando le doy la espalda lo único que veo es la sombra. En la mente pasa lo mismo: hay partes que no están iluminadas porque le damos la espalda a la luz interna. Eso es parte de el camino del despertar.
¿Qué es la oscuridad en el camino espiritual?
Empecemos por lo más evidente. Si me pongo de cara al sol, detrás mío se forma una sombra. Si miro al sol, no la veo; cuando le doy la espalda, lo único que veo es la sombra. En la mente pasa lo mismo: hay partes que no están iluminadas porque hay algo delante de la luz, o porque le estamos dando la espalda a la luz interna.
En lo espiritual, lo que podemos llamar oscuridad es la ignorancia de lo real. En lo emocional se siente como infelicidad, tristeza, angustia. Pero fíjate que en ese estado lo único que hay es ausencia de luz. No es algo malo: es un lugar donde todavía no hay luz. Y la tarea ahí es muy simple: empezar a encontrar en esa oscuridad el propósito.
¿Por qué le tenemos tanto miedo a la oscuridad?
Por educación. Aprendimos a identificar a Dios con la luz y lo malo con la oscuridad, y que del lado oscuro siempre hay un castigo. ¿Te pasó alguna vez tener miedo de que anochezca, querer correr detrás del sol para que no se vaya? A mí me pasó. Es porque uno está en algún proceso angustiante.
Pero anótalo: Dios está en la oscuridad, pleno, de la misma manera que está en la luz, porque Dios es todo. La oscuridad es la base de la creación. Para prender una luz, primero tiene que estar todo oscuro. Cuando miras un cielo estrellado hay unos puntitos de luz, y todo el resto es oscuridad. Es el telón de fondo, la matriz de la que surge la luz. Por eso toda meditación, cuando cierras los ojos, es una búsqueda de esa oscuridad.
El brillante resplandor nace de la profunda oscuridad; lo ordenado nace de lo sin forma.
— Lao Tzu, citado en Chuang Tzu
¿Por qué la crisis es parte del despertar?
Porque es ahí donde sueltas. En Un Curso de Milagros ese punto se llama decisión: en lugar de interpretar desde el ego, empezar a ver a Dios en todo. Y en general uno llega ahí por desesperación y angustia, o como mínimo por la incomodidad del sufrimiento. Cuando te dispones a soltar la interpretación que le estás dando a las cosas, aparece la luz. A eso se le suele llamar entrega o rendición.
¿Y qué entregas? No te entregas a ti. Entregas tu miseria y tu autoengaño: la construcción del mundo que hiciste en tu mente por aprendizaje. En el despertar, la palabra no es hacer las paces con la oscuridad, sino desaparecer en ella. Todo maestro es alguien que se fundió con esa oscuridad divina inicial, y ahí emanó su luz. Si podemos sentarnos en esa máxima oscuridad interna sin temor, ahí amanece la luz.
¿Y si tengo miedo de perderme y no poder salir?
Toda persona que está en un momento de angustia teme esa profundidad: el miedo a perderte en la oscuridad, a quedarte atrapado, a no poder salir. Seguramente te pasó. Pero es una ilusión: estás acá. Lo real no se puede ir. Si un pensamiento aparece y se va, no es real. Si una emoción aparece y se va, no es real. Son nubes pasajeras en la conciencia infinita.
Lo que sí muere es lo que creías ser. Krishnamurti dice que la meditación es la muerte, en el sentido de que muere cualquier identificación. Y no te asustes si la máscara vuelve a aparecer, aunque sea un millón de veces: da igual, porque tú no eres tu ego.
¿Tengo que entender lo que me pasa para salir de la oscuridad?
No. Por supervivencia psicológica siempre buscamos la zona conocida, pero en términos reales todo es zona desconocida: lo que creemos saber es un condicionamiento mental. El trabajo más profundo de un maestro no es llevarte al conocimiento, sino a reconocer que no sabes nada, porque en ese no saber se abre un espacio que estaba cerrado.
Vas a notar algo extraño: la mente perdona y libera de manera automática, no cuando entiende, sino cuando acepta que no entiende. Por eso, más que escuchar «te entendí», prefiero que alguien me diga: «Gabriel, no te entendí nada, pero estoy en paz».
¿Cómo atravesar la oscuridad? Un ejercicio
Cuando aparezca un miedo, cierra los ojos y adéntrate en esa oscuridad hasta que se diluya por la propia luz de la conciencia, te lleve dos minutos o cinco horas. Y pregúntate: si hay oscuridad, ¿quién la está observando? Cuando tengo un miedo, ese miedo está siendo observado. Lo que observa es la luz de la conciencia, y en la luz de la conciencia no hay miedo.
Imagina que estás en una habitación a oscuras, llena de huecos secretos y de cosas por descubrir, y que tú eres una linterna. Donde apuntas se ilumina una parte y descubres un juego. Pero todo el resto tiene que estar oscuro para que tu luz se pueda posar ahí. Así es la conciencia. Cuando liberas tus miedos, la oscuridad no desaparece: te das cuenta de que es la matriz de la que emana tu luz.


