El miedo no se enfrenta: se mira y se suelta
Qué hace el miedo
¿Qué pasa cuando tienes miedo? Te angustias, y sobre todo te paraliza. Ahí donde estaba la oportunidad de moverte, de hacer algo, de ayudar, de sentir, de abrir, el miedo te paraliza. Y esa parálisis es lo que llamamos ego.
¿Cuántas veces quisiste ayudar a otro y no te animaste? ¿Cuántos mensajes recibiste que eran para otro y no se los diste por miedo, porque no estabas seguro? Una mente que está en el miedo no puede escuchar. Por eso nuestro trabajo es liberarnos del miedo para poder escuchar la voz que nos guía.
En Un Curso de Milagros, Jesús te pide que no dejes que se infiltre ningún vestigio de miedo en el sistema de pensamiento hacia el que te está guiando, y te dice que no anda en busca de mártires sino de maestros. Eso atenta contra la idea de víctima en la que hemos vivido.
¿Se aprende a través del miedo?
Muchas veces se piensa que a la sabiduría se llega atravesando el miedo, aprendiendo de él. El Curso no enseña eso, y te lo explico con un razonamiento simple: el Curso enseña que el ego es una ilusión, que no es real. Si el ego es una ilusión y el ego es el que infunde miedo, ¿qué es el miedo?
A la sabiduría no se llega a través del miedo; se llega a través de la liberación del miedo. No se aprende del miedo. En todo caso, lo que aprendes es que puedes liberarlo, que hay una parte de tu mente que puede liberarlo. Nos vemos como seres con procesos históricos —paso uno, paso dos, paso tres—, pero si observas el momento en que aparece la sabiduría en tu interior, en ese momento no hay miedo. No puede haberlo, porque el miedo no permite que el mensaje surja.
El miedo es la idea de estar separado
El miedo es solo la idea que tenemos de que estamos separados de la luz infinita del Creador. Es la ilusión de creernos separados y solos. Pero nunca lo estuvimos: ni en el momento en que tuviste miedo ni ahora. Cuando en tu interior se cae el velo, en ese momento no hay miedo.
Es como si tuvieras la ropa puesta y le dijeras a otro: «mira qué lindo es mi cuerpo tal como es». Para ver lo real tienes que desvestirte, desnudarte internamente.
Sácate la idea de enfrentar el miedo
Yo no hablo de enfrentar el miedo como si quisieras enfrentar un fantasma. ¿Qué pasaba cuando eras chico y creías en fantasmas? Tenías miedo. ¿Y cómo enfrentas un fantasma, si es solamente una ilusión? El miedo no se puede enfrentar. Por eso el libro te dice que no tengas miedo de mirar el miedo, porque no puede ser visto. Cuando realmente lo miras, ves la maquinaria ilusoria que lo genera.
No tengas miedo de mirar el miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión.
— Un Curso de Milagros
Hay un maestro que enseña algo muy hermoso: el ego aparece cuando tu mente está ausente. Estar ausente significa no estar consciente del ser que eres, y ahí aparece el miedo. Cuando estás presente no hay miedo, no hay ego. Una mente despierta es una mente presente, así de simple. Y el Curso, con sus ejercicios diarios, te lleva justamente a eso: a observar tu mente en el presente. Cuando la mente está presente, no hay espacio para el miedo; cuando está ausente, empieza a aparecer todo ese ruido.
Correr la cortina
Míralo con un ejemplo bastante simple. Estás en una habitación con las cortinas y las persianas cerradas, y afuera es un día soleado. ¿Qué hay en esa habitación? Ausencia de luz, oscuridad. ¿Qué pasa si corres las cortinas y abres las ventanas? La luz entra naturalmente. Ese descorrer el velo, descorrer la cortina, es lo que se llama despertar espiritual.
El amor y el miedo no son opuestos, como tampoco lo son el cielo y el infierno, ni el Espíritu Santo y el ego. Lo único que hicimos fue intentar tapar el sol con la mano: el sol no te da en los ojos, pero baña todo el resto. No es una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre el miedo y el amor. Cuando te desprendes del miedo, el amor es natural.
Y no es quizá el amor que tú pensabas, bastante ligado a la pareja o a las personas que conoces hace mucho. Es una luz que irradia, y con la misma mirada con la que miras a un hijo puedes mirar a alguien que acabas de ver por primera vez.


