La conciencia no es tu mente: es lo que la observa
Estás peleándote contigo mismo, con la cabeza llena de reproches, y de pronto una parte de ti dice: «¡Uy, entré en el ego!». ¿Quién dijo eso? No fue el ego ni el pensamiento que se estaba peleando. Fue otra cosa, y esa otra cosa es lo que llamamos conciencia.
¿Qué es la conciencia, en palabras simples?
La conciencia es lo que observa. Pase lo que pase en tu vida, hay un espacio donde lo estás observando. La atención puede fijarse en una cosa o en otra, pero ese espacio siempre está. En algunas enseñanzas se la llama también el testigo, y a veces la conciencia de Dios: lo que Dios es en nosotros es el testigo de todo lo que observamos.
Y no es tuya. ¿Quién puede decir «esta conciencia es mía»? Tampoco la eliges ni puedes rechazarla: está. Puedes cambiarte el nombre, hablar en otro idioma, tener hoy otra vibración que hace diez segundos, y tu conciencia sigue siendo la misma.
¿En qué se diferencia la conciencia de la mente?
La mente crea; la conciencia observa. La mente crea las situaciones, la experiencia, incluso la oración. La conciencia mira a la mente haciendo todo eso, sin juzgarla. Y la mente está dentro de la conciencia, no al revés.
Un ejemplo concreto. Lees en un papel que no sirves para un cargo porque te falta esto y aquello. Tu mente se identifica enseguida y se arma un terremoto interno. Pero en la conciencia no está pasando nada: ella recibe todo eso sin moverse. Otro ejemplo: para un árbol da lo mismo que llegue el pajarito verde o el azul, que se pose y arme su nido. Así también la conciencia no hace diferencia entre una persona y otra. Solo tu mente hace especial a una.
Esto no significa rechazar nada. Si empieza a llover, te mojas. Lo que cambia es que ya no generas sufrimiento encima de lo que ocurre. Ya repasé los cuatro niveles de conciencia y las cuatro claves de la nueva consciencia humana; aquí quería contarte primero qué es ella.
¿Por qué sufres si la conciencia no sufre?
Porque te identificas con lo que pasa por la mente, y la mente se mueve todo el tiempo: lo único permanente en ella es el cambio. Por eso los humanos hemos fallado tantas veces al buscar a Dios en la mente y no en la conciencia: un día te parece que Dios es benévolo, al otro que es injusto, porque cada día te inventas otro. La conciencia, en cambio, no se detiene ni cambia.
En el método de indagación lo explico con números: la mente es el uno, la creación; la conciencia es el cero, anterior a que aparezca el inicio, lo inmutable. Desde la cabeza esto cuesta entenderlo, y por eso se practica en lugar de teorizarse. Cuando la reconoces, no necesitas que ninguna situación cambie, porque la conciencia solo percibe. Querrías cambiar algo porque piensas que está mal; pero si en este momento no hay nada ni bueno ni malo, ¿qué es? Disfrutar de que las cosas no permanezcan, de que cambien, es un estado de conciencia muy alto.
¿Cómo se despierta la conciencia?
No se fabrica ni se alcanza: se reconoce. No verla se llama estar dormido, y nuestro pensamiento es nuestro sueño. Algunos pasos para empezar hoy:
- Empieza por el cuerpo. Mientras lees, nota las sensaciones de tus manos, de tu rostro, cómo tus piernas tocan la silla. Darte cuenta de que puedes ser consciente de eso es el inicio del camino de despertar.
- Date cuenta de que eres consciente. Escuchas, ves, sientes la temperatura de tu cuerpo, y eres consciente de ser consciente. Pregúntate: esa conciencia, ¿la estoy inventando o siempre estuvo?
- Observa un pensamiento sin seguirlo. Si tu mente viaja, observa el viaje: en última instancia es solo un pensamiento o una imagen, y vuelves. Más sobre esto en la mente alerta.
- Cuando la conciencia se contrae, obsérvala. Al observarla se deshace y vuelve a expandirse. En las meditaciones lo digo así: no estoy buscando expandir, no estoy haciendo nada, solo observo.
Cada vez que te pierdas, que será muchas, vuelve al paso uno. La conciencia no se termina cuando termina la práctica.
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