No hace falta ser perfecto para ser maestro de Dios
Estudiar, practicar y salir a la cancha
Un Curso de Milagros no está armado para que tú te liberes y listo. Está armado para que ayudes a liberar a otros, para que puedas guiar a otros a través de la sabiduría espiritual. Por eso su plan es tan claro. Primero está el libro de texto, que es la parte teórica. Después el libro de ejercicios, porque este es un curso de entrenamiento mental. Y después viene el Manual para el maestro: estudiaste la teoría, hiciste la práctica, más o menos, y ahora hay que salir a la cancha a jugar el partido de la liberación.
Después vienen dos textos más, la psicoterapia y el canto de la oración. Lo puedes pensar como cinco pasos:
Estudiar, con el texto.
Practicar, con el libro de ejercicios.
Enseñar, con el Manual para el maestro.
Guiar, con la psicoterapia.
Conectar, con el canto de la oración.
El maestro no es perfecto
Tenemos grabado que la maestría implica pureza, perfección, alguien que ya entendió todo. Lo que nos abre el Manual es otra palabra, una que no habíamos escuchado de nadie: que nosotros podemos ser maestros, que no hace falta seguir siendo esos seres en conflicto que luchan, que van y vienen. El maestro del curso no es perfecto. El trabajo del maestro es el que nos toca hacer ahora, con el nivel que tenemos.
Y ojo con esto: el maestro no es alguien que va y da una clase. El maestro es el ser que va despertando la luz en la soledad de su habitación a las tres de la mañana. Que después puedas dar una charla o guiar a otro es un efecto de ese trabajo interno.
Todo el tiempo estás enseñando
Lo que te dice el Manual es muy fuerte: todo aquel que llegue va a ser tu alumno, y todo el tiempo estás enseñando. Todo lo que dices, lo que haces, cómo te levantas a la mañana, lo que piensas, lo que no dices. ¿Y a quién le estás enseñando? A ti mismo. La responsabilidad no es con el otro, no es que el otro entienda: cada pensamiento te lo estás enseñando a ti. Si yo pienso basura, vivo en un basural. Si pienso con alegría, vivo con alegría.
Por eso la pregunta clave es: ¿qué es lo que quiero enseñar? Porque lo que voy a enseñar es lo que voy a aprender. Esa es una de las claves que acelera muchísimo la vida. Y hay otra perla del Manual: el maestro no está solamente para enseñarles a sus alumnos, está para aprender de ellos. Es algo que me toca ver todos los días con las personas que van llegando.
(…) el tiempo es lo único que separa al maestro del alumno, de manera que la diferencia entre ellos es, por definición, temporal.
— Un Curso de Milagros
Del rol pasivo al rol activo
A veces creemos que el camino es pasivo: voy a un seminario, a un retiro, a una charla, escucho. Pero hay un punto en el que hay que pasar del rol de estudiante al rol de enseñar, de guiar, de decir el mensaje con tu propia boca y tus propios pensamientos. Si siempre lo escuchas de otro, lo que se genera es idealización: mira lo que sabe el otro, y yo nunca lo veo en mí. Eso no es más que el bloqueo que pone el ego para que no empieces a ver la sabiduría que emana de ti.
Si te agarra la carencia, te cuento algo. Cuando empecé, puse un horario un miércoles a las siete de la tarde y vino una persona. Suficiente: por lo menos no le hablaba a la pared. Con uno alcanza. Y si no tienes a nadie, le puedes hablar a un muñeco, porque igual te estás enseñando a ti mismo. Eso sí, con un ser humano enfrente es más divertido.
Un plan de maestros que ahorra tiempo
El curso habla desde un marco más allá del tiempo, y dice que al final todo el mundo va a responder, pero que ese final puede estar muy lejos. Es como entrar en un laberinto y caminar al azar: en algún momento vas a encontrar la salida, pero puedes tardar millones de años. Por eso se estableció el plan de los maestros, cuya función es ahorrar tiempo.
Cada uno comienza como una sola luz, pero como la llamada se encuentra en el centro del ser, es una luz que no puede restringirse. Cuando un maestro despierta y empieza a compartir esa luz, se ahorran miles de años: de cautiverio, de sufrimiento, de egoísmo, de vernos separados. Y como todos estamos en la misma mente, no da lo mismo que tú te liberes o no, ni que ayudes a otro o no lo ayudes.


