Osho: destruir las ideas para llegar al centro
Alguien te pasó un libro de Osho, o leíste una frase suya que te dejó dando vueltas toda la tarde, y ahora buscas quién fue. Encuentras opiniones para todos los gustos y no sabes qué pensar. Te cuento lo que yo estudio de él, que es lo que enseñó.
¿Quién fue Osho y por qué se le estudia?
Osho fue un maestro de la India del siglo XX. Antes de enseñar fue profesor de filosofía, y la dejó a un lado: la filosofía se queda jugando con la idea, y un maestro se dedica a destruir las ideas hasta que no queda ninguna. Para quienes no lo entendían fue un maestro polémico. Yo me quedo con lo que enseñó.
Un dato que casi nadie sabe: no escribió libros. Daba charlas, alguien las grababa y alguien las pasaba a papel. Por eso te digo que da lo mismo cuál leas primero. Algunas charlas de sus últimos años las encuentras en YouTube.
Lo que más valoro de su trabajo es que tomó a los maestros iluminados de cada tradición, como Hui Neng en el Zen, el Tao, Patanjali en el yoga y Jesús, y enseñó el mensaje más hondo de cada uno. Así se ve que ninguna tradición salió de la nada: detrás hay alguien que despertó. Lo que vino después, cuando los seguidores le pusieron sus creencias encima, fue el teléfono descompuesto de la historia.
El encuentro completo que dediqué a Osho está en la Colección de sabiduría de Guía TV.
¿Qué enseñó Osho sobre el lenguaje, las creencias y los deseos?
Empieza por algo que incomoda: el lenguaje es un invento humano, y lo que se puede poner en palabras no es la verdad. Eso ya lo dice el Tao, y Osho lo toma. Yo lo explico con una imagen: juntas ramitas secas que se cayeron de un árbol, las pegas con cinta y esperas que den fruto. Esas ramas muertas son tus pensamientos. Por eso todos los maestros te llevan al silencio, y el que no te lleva a la quietud es un buen orador y nada más.
Dibujaba dos caminos. Uno sale hacia fuera y se divide en senderos sin cuenta: cada relación, cada búsqueda, cada anhelo. El otro vuelve al centro, y a medida que avanzas hay más silencio, más serenidad y más equilibrio. Todo lo que percibes está en la periferia. El centro no se puede percibir, porque es lo que tú eres. La felicidad que depende de algo externo va por el primer camino; la alegría que no pide nada ni necesita que algo ocurra, por el segundo.
De ahí salen las dos cosas que hay que soltar. Una son las creencias: toda creencia que albergues es una trampa, también las espirituales. La otra son los deseos, porque casi todos nacen de creencias y terminan en frustración. El único deseo que vale la pena sostener es el de conocer a Dios, y se sostiene hasta que desaparece solo, porque ya no falta nada.
¿Cómo se entra en la paradoja que enseñaba Osho?
Usaba la paradoja para desarmar a la mente, que piensa siempre en dos opciones. La práctica es simple: cada vez que aparece una idea, reconoce también su opuesto, sin decidir si te gusta. Piensas «esta persona me hace sufrir». El opuesto es que ese sufrimiento lo generas tú. Otro opuesto es que nadie te hace sufrir, porque el sufrimiento es una ilusión. Y lo contrario de cualquier idea es el silencio. El trabajo es soltar los dos lados.
Su meditación es la observación. No importa qué observes. Lo que importa es mirar la pregunta como algo que aparece en la mente, sin salir corriendo a buscarle respuesta, porque lo que hay que lograr es liberarte de la pregunta. Hay dos clases de preguntas. Una la hace quien cree que ya sabe y pregunta para confirmarse. La otra la hace quien se dio cuenta de que no sabe y busca a alguien que se lo muestre.
¿Qué tiene que ver Osho con Un Curso de Milagros?
El mensaje es el mismo, enseñado de otra forma. Osho decía que las prácticas son una balsa: la armas para cruzar el río, y del otro lado ya no la cargas. Un Curso de Milagros te da 365 lecciones y después te dice que las prácticas siguen, pero se te presentan solas en cada situación. Una alumna me contó que llevaba casi veinte años repitiendo las lecciones y no entendía por qué no se liberaba. Le prohibí volver a hacerlas. Una lección bien hecha alcanza, y repetirlas durante años suele ser una zona de confort donde la mente cree que hace algo.
Hay una historia zen que a él le gustaba y a mí también. Un maestro le entrega a su mejor discípulo el libro con las enseñanzas de todos los maestros y le pide que lo cuide. El discípulo lo tira al fuego. El maestro pregunta qué hace, y él responde «¿qué dices?». Era la última trampa del maestro, el último lugar donde aferrarse, y el discípulo la pasó. Si quieres seguir ese hilo, lee qué significa cortarle la cabeza al Buda.
Osho distinguía además entre el profesor y el maestro. El profesor aprende una teoría y la repite como un loro. El maestro porta la verdad y la dice distinta a cada alumno, según lo que ese alumno puede oír. Por eso conviene seguir al maestro y no la estructura que se arma a su alrededor, como cuento en qué es la espiritualidad y en qué se diferencia de la religión. Y la observación de la mente que él proponía tiene su versión práctica en la mente alerta.
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