Lección 159: Doy los milagros que he recibido
Tienes una deuda, o algo parecido, y tu mente lo repasa una y otra vez: el futuro, el miedo, las cosas que quizá no deberías hacer, la distracción para no pensar en ello. ¿Y si ese peso fuera mucho más liviano de lo que parece? Después de la lección 158, donde aprendimos a dar tal como recibimos, hoy damos un paso más con la lección 159.
¿Qué significa «Doy los milagros que he recibido»?
Esta lección vuelve a puntualizar algo: en nuestros hermanos es donde nos vemos a nosotros mismos. O proyectamos nuestros miedos y nuestras carencias, o extendemos el amor y la verdad que mora en cada uno. A esa mirada que ve lo segundo el Curso la llama visión de Cristo, y aquí te dice que es el puente entre dos mundos.
Todavía estamos en el mundo del miedo, de la culpa, del «no sé si voy a poder», del aprendizaje y del conflicto. Y hay otro mundo que sabemos intuitivamente, más allá del nombre que le pongamos, cristiano, budista, ateo o científico: algo perfecto, conectado, que está más allá de la materia. Hasta la ciencia lo insinúa, porque en una molécula casi no hay materia, son ondas que se mueven muy rápido y dan una ilusión de solidez.
¿Por qué lo que parece sólido nos pesa tanto?
Porque lo miramos desde el egoísmo. Con la visión de Cristo, las cosas que te parecían completamente sólidas son meras sombras que ya no te tocan. Volvamos a la deuda: cuando empiezas a ver desde una óptica que está más allá del dinero, del miedo y de la incertidumbre de un futuro que pueda ir en contra de lo que crees que mereces, esa preocupación se afloja.
Y esto es muy importante, porque diferencia esta enseñanza de muchas otras de esta época: lo que tú pienses que vales da igual. El Curso lo dice claro: tu valor lo determina Dios, no tú. Todo lo que creas que vales es solo un cuento tonto para justificarte por miedo a no valer. Cuando lo entiendes, esa deuda o lo que ocupe tu mente hoy se vuelve una sombra y empiezas a tener un atisbo del cielo, a traerlo a la tierra y a vivirlo en este plano. Sobre esa idea de dar y recibir a la vez tienes por qué lo que das te lo das a ti.
¿Cómo practicar la lección 159 hoy?
Para dar un milagro hay que mirar a través de la visión de Cristo; desde una visión egoísta no se puede. Por eso la práctica empieza recibiendo:
- Reconoce que puedes recibir y que, en realidad, lo estás recibiendo todo.
- Repite «Doy los milagros que he recibido» a lo largo del día.
- Cuando tu mente se aferre a algo que parece sólido, una deuda, un miedo al futuro, recuerda que desde la visión de Cristo es solo una sombra.
- Mira a quien tengas enfrente como un espejo: cuando le das, eres un espejo del milagro para él.
- Termina con un «gracias» sencillo, tantas veces como lo sientas.
¿Qué cambia cuando das lo que recibiste?
El Curso define la visión de Cristo como el vínculo en el que quien da y quien recibe se unen en la extensión: aquí en la tierra parecen dos, en el cielo son uno. Lo que te comparto lo recibí del Curso y de tantas personas que me ayudaron en este camino; tú, al recibirlo, puedes dárselo a otro, y así es como se extiende el amor. Quizá en algún plano que no es consciente, al recibirlo también me das a mí, y eso lo siento en mi interior.
Esta visión está más allá de los cuerpos, aunque no niega ni rechaza nada: sabe que todo está conectado y que Dios está en cada partícula del universo y, por tanto, en tu interior. Así soltamos la idea de separación. Es una lección santa, un regalo del Espíritu Santo. Si quieres saber más de ese regalo, lee qué es un milagro según el Curso. Mañana seguimos con la lección 160, donde el miedo resulta ser el extraño. Y por hoy, di conmigo: gracias, gracias, gracias.
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