Lección 154: Eres un mensajero de Dios
Un amigo te cuenta que está pasando un mal momento y, mientras lo escuchas, aparece una palabra que sabes que le haría bien. Pero te frenas: «¿quién soy yo para decirle algo?». Después de la lección 153, donde vimos que en la indefensión está nuestra seguridad, llegamos a un punto importante del camino.
¿Qué es ser ministro de Dios?
La pregunta que nos hacemos es si yo puedo transmitir un mensaje de Dios o no. Para responderla hay que entender la falsa humildad, que es una forma de arrogancia. Cuando dices «¿quién soy yo para transmitir un mensaje de amor incondicional?», el ego se infla el pecho. Tienes que saber que hay un mensaje de un nivel máximo de iluminación en tu interior, y que no proviene en absoluto de tu mente: viene directo de la mente de Dios.
Desde tu pequeña mente no puedes ayudar a nadie, y el Curso incluso te dice que no trates de enseñar nada porque no eres un buen maestro para ti mismo. Pero el ministerio comienza cuando corres tu egoísmo del medio y dejas que la voz de Dios hable a través de ti. Según el Manual para el maestro, un maestro de Dios es aquel que decide serlo, el que elige la salvación y suelta el egoísmo. Lo desarrollo mejor en no hace falta ser perfecto para ser maestro de Dios.
¿Por qué el mensajero no escribe el mensaje?
Hay una frase iluminada que te pido que subrayes y guardes en el corazón: «El mensajero no escribe el mensaje que transmite». Cuando uno se entrega, escucha la voz de Dios que dice «aquí estoy» y deja que las palabras surjan espontáneamente, no está escribiendo el mensaje: es la mente de Dios la que habla a través de uno.
Y aquí hay una inversión del pensamiento. Creías que dejar hablar a Dios a través de ti era arrogante, cuando en realidad la verdadera arrogancia es pensar que no vales nada y que no hay verdad en tu mente. Eres un hijo de Dios, una creación suya, y en ti está la misma sabiduría que alcanzó Jesús. La verdad está en tu mente, no en tu forma de pensar.
¿Cómo practicar la lección 154 hoy?
- Suelta la arrogancia de decir «¿quién soy yo?» y el egoísmo que te frena.
- Reconoce que tienes la voz de Dios en tu interior y escucha su «aquí estoy».
- Cuando un hermano o una hermana toque tu puerta, permite que la voz del amor hable a través de tus labios y dale ese mensaje.
- Distingue cuándo hablas desde la arrogancia y cuándo dejas que el mensaje pase a través de ti.
- Recuerda: el mensajero no escribe el mensaje, el mensaje te atraviesa.
¿Qué cambia cuando dejas hablar a Dios a través de ti?
La lección trae la ley del dar y el recibir: para poder dar tienes que abrirte a recibir, y para recibir tienes que darlo. Si todavía no escuchaste la voz de Dios, es porque no permitiste que hablara a través de tus labios. Al permitirte darla, recién ahí empiezas a recibirla. Y lo más increíble es que el mensaje que transmitas va dirigido, en primer lugar, a ti: el primer receptor, el primer beneficiado y el primer liberado eres tú. Puedes seguir esta idea en lo que das, te lo das a ti.
Esa es la entrega al Espíritu Santo, reconocer al Cristo interno y escuchar el «aquí estoy» divino. Hoy va a ser un día de milagros, cuando escuches la palabra de Dios en tus propios oídos y en tus propios labios. Gracias, bendito seas, bendita seas, porque nuestras mentes están profunda y amorosamente conectadas. Mañana seguimos con la lección 155, me haré a un lado y dejaré que Él me muestre el camino.
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