Lección 186: Ni arrogancia ni falsa humildad
¿Suena arrogante decir «de mí depende la salvación del mundo»? Muchos se hacen esa pregunta al abrir esta lección, y es lógico. Llega después de la lección 185, donde vimos que la paz exige unir mentes, y nos pide algo muy profundo: ir más allá de las palabras.
¿Qué significa «De mí depende la salvación del mundo»?
Hay que distinguir dos voces. El ego es muy arrogante: dice «yo voy a salvar el mundo, yo soy parte del plan de Dios», y cree saber más que una parte de nuestra mente, la parte real. Esa parte reconoce la humildad, se entrega, y tiene un poder y una certeza inconmensurables. Por eso, cuando lees el Curso, reconoces esa certeza: en el libro no hay duda, no hay un momento en que Jesús diga «no sé si es así». Es la certeza de una voz que trasciende las palabras. Si quieres ver cómo se disfraza el ego, lee qué es el ego según el Curso.
Y la humildad que pide la lección es reconocer que el mundo lo estoy creando yo: reconocer esa fabricación, que no es real, y reconocer las imágenes que creo y los papeles que doy a las personas y a mí mismo. No tienes que salvar la taza de té que tienes delante ni la ropa que colgaste a secar. Lo que se salva es el mundo que está en tu mente, hecho de imágenes que cambian.
¿Por qué cuesta escuchar la voz de Dios?
La lección te dice que esos papeles son inestables: un día alguien te parece de una manera y otro día de otra. Esa inestabilidad produce confusión, y la confusión, por definición, es falta de amor. Y hay una segunda trampa, la falsa humildad: «yo no puedo escuchar la voz de Dios, es muy elevado para mí». Es una máscara de arrogancia que se disfraza de humildad. Si no escuchas la voz de Dios, dice el Curso, es porque no quieres.
Ni la arrogancia ni la falsa humildad. Si no escuchas, no es por no ser «lo suficientemente bueno», y tampoco es verdad lo contrario. Con cualquiera de las dos caras te estás corriendo de tu centro. Para volver a él, puedes leer si es arrogante creer que soy parte de Dios.
¿Cómo practicar la lección 186 hoy?
- Siéntate, cierra los ojos y ve a un lugar de silencio interno.
- Observa el estado de «amorfía» del que habla la lección: un estado sin forma. Tu mente y tu ser no tienen forma.
- Ve más allá de las formas físicas, y sobre todo de las formas mentales: las imágenes que fabricas y las palabras, que también forman imágenes.
- Reconoce que la voz de Dios habla en ti, con certeza, con claridad y con compasión, y toma esa voz como guía.
- Si aparece «no escucho nada» o «no soy suficiente», recuerda que ambas son mentira.
¿Qué cambia cuando la practicas?
Las formas con que nos engañamos nacen de ese estado sin forma, y tu trabajo es perdonar la idea de que hay una forma física real. Al volver al centro, la voz de Dios deja de ser una excepción y se vuelve tu guía de aquí en adelante, porque te habla a cada instante. Para afinar el oído, tienes cómo escuchar a Dios en el silencio entre dos pensamientos. Mañana seguimos con la lección 187, «Bendigo al mundo porque me bendigo a mí mismo».
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