Lección 183: Repite el nombre de Dios
Alguien te dice una frase que no te gusta y te quedas dando vueltas durante horas. ¿Qué estaba pasando ahí? Esta lección empieza justamente por ahí: por lo que hacemos con las palabras. Llega después de la lección 182, donde bajamos el escudo para volver al hogar.
¿Qué significa «Invoco el Nombre de Dios y el Mío Propio»?
Estamos llevando la mente a un nivel muy enfocado, porque para lograr una experiencia directa necesitamos una focalización directa. Por eso la lección te pide, una vez más, ir más allá de las palabras tal como las concebimos. Solemos creer que en la palabra está la verdad, y no en aquello a lo que apunta. Por eso, cuando alguien me dice algo que no me gusta, me ofendo: pienso que su palabra es la verdad. Pero puede ser una oportunidad para practicar el perdón, reconocer un error y observar mi propio juicio para liberarlo.
La lección arranca diciendo que el nombre de Dios es sagrado, pero no más sagrado que el tuyo. El libro ya no habla de tu nombre físico ni de tu identidad personal, sino de nuestro nombre unido, el nombre que está más allá del nombre: más allá de las letras y de las sílabas humanas, a imagen y semejanza.
¿Por qué una sola palabra puede desarmar la ilusión?
Porque el mundo que ves vive en tu percepción. Cuando repites el nombre de Dios, no desaparece tu cuerpo: lo que desaparece es la interpretación egoísta que haces del plano físico, porque el plano físico también es inocente. Una cafetera que se quema, una pared, una planta, el aire, tu propio cuerpo: todo es inocente. Es la mente la que lo percibe de otra manera.
Y hemos usado las palabras como ídolos. Hemos creado dioses donde no existe nada: el dios pareja, el dios dinero, el dios «quiero sentirme mejor», el dios «la mejor versión de mí mismo». No hay nada que solucionar: todo es perfecto, todo es impecable. Esa es la visión de Cristo, la que está en tu mente cuando no hay juicio. Para profundizar en esto, tienes quién es Dios más allá de la palabra.
¿Cómo practicar la lección 183 hoy?
- Dedica tiempo a la práctica y siéntate con una sola intención: invocar al ser, no a tu nombre como ente físico.
- Repite el nombre de Dios lentamente, una y otra vez. ¿Cuántas veces? Todas.
- Centra tus pensamientos solo en esa palabra; no usaremos ninguna otra.
- Por un instante olvida todas las palabras que aprendiste como ser humano, obsérvala y ánclate en ella.
- Si la mente se va, vuelve a la palabra, lentamente, sin prisa.
¿Qué cambia cuando lo practicas?
El nombre de Dios reemplaza a los miles de nombres. En esa palabra se desarman todas las demás y pierden su cualidad de pequeños dioses, de objetivos futuros a los que debes apuntar para ser feliz, para realizarte o para sentirte bien. Vives una experiencia directa del poder del nombre de Dios y de la capacidad de la mente de enfocarse en la totalidad.
Requiere tiempo y focalización, un tiempo en el que desarmas el tiempo: aunque el reloj siga haciendo tic-tac, estás experimentando la eternidad del instante presente. Para acompañar esa focalización, puedes leer cómo serenar la mente para encontrar a Dios. Mañana seguimos con la lección 184, «El Nombre de Dios es mi herencia».
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